(Columna) Violencia, balazos y artesanos de la paz

El Mostrador, 8 de enero 2020

Por Juan Ignacio Latorre y Pedro Pablo Achondo

Esta columna, como lo anunciamos hace un par de meses, corresponde a la tercera y última en este ciclo que hemos dedicado a reflexionar sobre la contingencia política a partir de la Encíclica del papa Francisco sobre la fraternidad y amistad social, Fratelli Tutti.
Tuvimos la suerte de realizar una lectura comunitaria, con diversos actores y representantes de comunidades pastorales, activistas, académicos y gente comprometida en el ámbito social y político. Fueron varios encuentros en los que fuimos analizando, con espíritu crítico, las palabras de Francisco y los contenidos de la Encíclica. Estas columnas han bebido de esa fuente colectiva, esperanzada y luchadora.
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Un breve racconto: La primera columna la dedicamos a la dignidad e indignación como soportes de una ética fundamental para una democracia real. La segunda que titulamos “política de la ternura”, nos permitió relevar temas que Francisco posiciona tales como la hospitalidad, el pueblo y la caridad. De alguna forma Fratelli Tutti esta instalando, sin buscar novedad, sino visibilidad, lo que podría ser una ética para combatir la agonía del neoliberalismo -económico y cultural- y al mismo tiempo formar, y proponer los cimientos, de la sociedad que se avecina (215).
Entre estos cimientos resta referirnos a los que en los tres últimos capítulos resaltan con más fuerza: el diálogo y la lucha contra la violencia. Partamos por esto último que sigue siendo un tema mayor y cada vez más preocupante en nuestro país.
El debate sobre la violencia es inevitable. No solo es importante, sino necesario.  Durante los últimos meses bastante hemos escuchado respecto de la violencia, de la violencia de los saqueos, de la violencia de los encapuchados, de la violencia de un sistema que no respeta y abusa de los ciudadanos, de la violencia policial, de la violencia de los narcos y de la violencia contra los DDHH. Y seguimos debatiendo sobre qué formas son violentas y cuáles no, o si estas dependen de quién o quiénes las ejercen. Sin embargo, creemos que, a veces, las discusiones corren por carriles distintos y aluden a objetos distintos. Hablar de la violencia a secas es tan abstracto como referirse al mal, a la injusticia o la libertad. La historia de los últimos siglos nos ha alertado respecto de concepciones metafísicas o demasiado abstractas sobre todo en el campo de la política. No es posible el debate político y la búsqueda del bien común en sociedades contemporáneas basándose en ciertos conceptos de carácter ontológico, religiosos o especulativos.
La teóloga suiza Lytta Basset al definir el mal lo plantea en términos de una ética, es decir, el mal vendría siendo “lo que hace mal”. De ese modo salimos de una discusión sin fin y, al menos, en lo que tiene que ver con la política nos enfocamos en aquello que hace mal y daña a los ciudadanos y sus instituciones. Sobre la violencia podríamos hacer lo mismo. Violencia es lo que nos violenta, aquello que nos produce violencia y atenta contra nuestra persona e instituciones, por más precarias que estas sean. De ahí que sea mejor hablar de violencias, pues estas son múltiples y subjetivas, de un amplio espectro tan difícil de definir como aquello que nos hace mal.

Mientras para algunos fue violento el “el que baila, pasa”, para otros lo son el sistema de pensiones, si para algunos es violenta una capucha, para otros lo son un viaje en metro diario donde los cuerpos se topan y el miedo se confunde con el desagrado y la rabia. Violento es el no respeto del otro, más aún en tiempos de una pandemia global que ha cobrado ya cerca de 16.500 vidas en nuestro país y más de un 1.600.000 en el mundo. Las violencias son múltiples. Si bien hay niveles de violencia tolerables, aquellos inherentes a la vida con otros, al hecho de tratarnos e interactuar en todo orden de cosas con las que lidiamos en nuestro día a día. Hay violencias que no se pueden ni deben tolerar, violencias que sobrepasan la línea que nosotros mismos nos pusimos y llamamos: Estado de Derecho y Derechos Humanos. Este parámetro internacional no tiene que ver con el sentir personal ni con molestias de carácter minucioso, sino, y aquí radica lo importante, con mínimos fundamentales para la vida humana. Por eso “el que baila, pasa” no pertenece al mismo orden que la violencia policial, ni una capucha es comparable con un sistema de pensiones indigno e injusto. Ni mucho menos la corrupción institucional de millones de pesos es comparable al hambre que se sustenta a pulso gracias al centenar de ollas comunes a lo largo del país. La violencia posee un rostro obsceno. “Ignorar la existencia y los derechos de los otros, tarde o temprano provoca alguna forma de violencia, muchas veces inesperada”, dice Francisco (219).
Cuando entramos al debate sobre las violencias debemos situarnos en este último nivel: el de la dignidad humana (213), de los derechos humanos, el del bien común y el cuidado de la vida. Y en este debate sí vale la pena gastar tinta y palabras. “Quien sufre la injusticia tiene que defender con fuerza sus derechos y los de su familia precisamente porque debe preservar la dignidad que se le ha dado, una dignidad que Dios ama”, dirá el Papa (241). Todo lo que hemos vivido en especial desde el estallido social y luego con la pandemia del covid-19 debe exigirnos no perder la mirada de las cosas importantes: vivienda, pensiones, educación, salud. Al menos eso. Al menos en esos campos no deberíamos encontrarnos más con situaciones de miseria y desigualdad, de falta de equipamiento médico o de precariedad educacional, de personas que sigan viviendo pagando y pagando deudas hasta el final de la vida. Los mínimos no están ni cerca de asegurarse y por eso la violencia es entendida también en su versión estructural. Hemos generado un modelo económico muy violento. Hemos creado mecanismos que reproducen esa violencia contra la que al parecer poco podemos hacer. Y eso lo hace más violento. Nos violenta y nos hace más violentos.
Francisco en esto es directo: “la paz social es trabajosa, artesanal [.] y esta no surge acallando las reivindicaciones sociales o evitando que hagan lío, ya que no es un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz” (217). Para combatir la violencia es necesario trabajar, artesanalmente, hacia una cultura del diálogo y del encuentro. Se trata de reconocer que en el otro también hay algo de verdad, más aún, que la necesito para comprender los sucesos sociales. “En el otro hay una perspectiva legítima” (228), pero ella requiere ser conversada, dialogada, escuchada. El otro porta una promesa que es fundamental acoger.
Aquellas violencias estructurales no pasan por pequeñas decisiones o buenas voluntades; ellas deben ser revertidas con cambios estructurales, donde uno de ellos -ni todo ni el único- es el cambio de constitución. El proceso constituyente en el que estamos embarcados no debe perder su foco, y ojo que es esto no es difícil. El foco está puesto en la democracia, en reiventarla, en reconducirla, lejos de los abusos y privilegios de pocos, hacia los beneficios y la justicia para todos. En este proceso la lucha contra las violencias y en pos de la paz social requiere “transformaciones artesanales obradas por los pueblos, donde cada ser humano es un fermento eficaz con su estilo de vida cotidiana” (231). Francisco habla de una arquitectura de la paz, refiriéndose a las diversas instituciones sociales, pero también de la necesidad de esta artesanía de la paz que nos involucra a todos y todas.
Es un imperativo ético, para evitar la escalada de violencia, balazos y caos, y colaborar en salidas democráticas basadas en el diálogo, el reconocimiento, la justicia y verdad (226); realizar gestos y acciones concretas -políticas, personales, colectivas- en vistas del encuentro, la escucha y la defensa de los derechos de todos. Somos convocados a garantizar que todos los ciudadanos puedan sentirse “protagonistas del destino de la nación” (233). La democracia debe ayudarnos a administrar la violencia y no ejercerla sobre los ciudadanos, debe protegernos de las violencias y no acapararlas o institucionalizarlas. La democracia debe asegurar los mínimos que, precisamente, nos liberan de la ebullición de las violencias. Las violencias disminuyen cuando hay democracia. Cuando hay buena educación, justa, de calidad y para todos. Las violencias se aminoran cuando la salud está garantizada, cuando hay buen trato y dignidad en los servicios. Las violencias se apaciguan cuando sabemos que el trabajo de años tendrá sus frutos el día de mañana y que el descanso no es un premio o un regalo, sino un derecho de todos los seres humanos en una sociedad democrática. Las violencias respiran cuando sabemos que lo vivido no fue en vano.
Si como chilenos queremos paz, no debemos solamente atacar las violencias, sino el modelo que precariza la democracia y menosprecia a los seres humanos.